domingo, 19 de abril de 2020
Experiencias vitales
Corren malos tiempos... Tiempos en los que uno se siente abrumado por la desgracia ajena. Tiempos en los que el recuerdo de lo que se fue, es más agradable que las vivencias actuales. Llevo unos días queriendo escribir sobre mis comienzos laborales en la empresa que, primeramente a través de mi abuelo y mi padre me vió nacer y crecer, y con el paso de los años, me dió la oportunidad de demostrar mi amor por la profesión. Corrían los años 90, mi padre ya se había jubilado, pero continuaba inyectándome saber ferroviario. Un buen día, le dieron un diagnóstico médico fatal. Cáncer. Meses de deterioro físico, que posteriormente paso a ser total, quedando como un "vegetal" durante 10 largos meses. Cuando murió aquel helador día de diciembre, me prometí a mi mi mismo que no pararía hasta lograr rendirle homenaje, de la mejor manera que podría hacerlo, que era ingresando en su misma empresa y demostrando y derrochando la misma profesionalidad que él ofreció en vida. Hubo de pasar algún tiempo, no mucho, para lograrlo. Para realizar dicho sueño, debía desplazarme a Barcelona, y lo hice con una mano delante y otra detrás. Una mochila con algo de ropa, y 10.000 pesetas en el bolsillo. Después de realizar un pequeño cursillo introductorio, ya tenía mi acreditación. Aún recuerdo el primer día que estrené mi reluciente carnet. Era la 1 de la madrugada, y los trenes iban todos completos. Yo, con mi reluciente carnet, me dirigí a la cabina de la locomotora que remolcaba el "Costa Brava", toqué en la puerta, y salió uno de los agentes que formaban la pareja de conducción. "Buenas noches, ¿que quieres?", me dijo. "Hola", dije, "acabo de ingresar en la empresa hace unos días, en Barcelona. Van todos los trenes completos, y empiezo jornada a las 8 de la mañana. ¿Podría ir con vosotros?". Lo consultó con su compañero, y me volvió a preguntar, "¿como te llamas?", a lo que yo le respondí con mi apellido, por el que me conocían en Delicias y en La Almozara... Cuando lo oyó el otro maquinista, dió un salto, y dijo, "el hijo de Jose María, sube, hijo, sube"... Fueron 5 horas de botes y rebotes en aquella japonesa verdosa y amarilla. Cinco horas en las que, maquinista y ayudante, me enseñaron más conocimientos que en inútiles cursillos posteriores. Fue mi primera experiencia profesional en esta sacrosanta empresa... Seguiré desgranando anécdotas y vivencias en próximas entradas...
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